Pese a la gran cantidad de personas que había en el lugar (expositores, estudiantes, periodistas, familias, niños y un largo etcétera) esa imagen no la voy a olvidar jamás. Era un centro de convenciones en Chicago, durante el verano de 2005. Recuerdo que el stand no era muy grande, más bien pequeño y sencillo, diría yo. Lo importante de todo era lo que había al centro: una vitrina en la que había adentro un gato, joven, color miel y recostado formando una media luna con su cuerpo; una posición habitual para los felinos domésticos. A pesar de toda la gente que lo rodeaba y estar dentro de una jaula de cristal, el felino parecía muy tranquilo, como si estuviese acostumbrado a ser el centro de atención –o a estar encerrado, claro está.
Pero si es sólo un gato, pensé, qué tanto le ven; así crucé por una valla de japoneses y sus cámaras para ver al minino y darme cuenta qué tenía de especial. Una vez ahí caminé alrededor de la caja de cristal y me di cuenta que ese gato no estaba sólo: al otro lado, pegada junto a la primera, había otra vitrina del mismo tamaño en la que estaba otro gato idéntico: color miel, joven, delgado, recostado igual, en media luna, pero en posición simétrica a la de su vecino y con la misma relajación. Estaba ante dos gatos clonados.
Esa fue la primera vez que tuve acceso a este tema. La compañía que llevaba a estos felinos era Genetics Savings & Clone, una firma norteamericana que ofrecía clonar a mascotas –sólo gatos en ese momento- por una cantidad cercana al millón de dólares. Como iniciado en el tema me puse a investigar y supe que el primer lugar en el que consiguieron clonar a un gato fue en la Universidad de Texas A&M, en la ciudad universitaria de College Station.
Pese a tener más de un año con el tema olvidado decidí retomarlo este verano. Así, que compré un boleto de avión rumbo Texas con el fin de hablar con los doctores Mark Weshusin y Duane Kraemer acerca de su trabajo en la clonación de gatos, venados, toros y otros animales.
En sus laboratorios –cuyo orden distaba mucho de los lugares llenos de asepsia que plantean las películas hollywoodenses- fue que tuvo lugar la hora y 30 minutos de charla; pese a lo que podría pensarse estas personas no son “científicos locos” ni nada que se les parezca, cuentan con familias, amigos y una vida bastante común. La primera pregunta que les hice fue la de por qué clonar. Su respuesta fue simple: nosotros hacemos esto porque hay muchos animales en el mundo que están desapareciendo y nuestro trabajo podría ayudar a evitar esa devastación. También pregunté qué hay acerca de la clonación humana y ellos contestaron que lo que pasa en películas como The Island o Star Wars dista mucho de lo que hacen, que la clonación humana como tal no tendría un por qué y más con la sobrepoblación que existe en el mundo; lo que podría tener cabida serían las modificaciones en el ADN para así ser más resistentes a ciertas enfermedades.
Hoy me encuentro otra vez en College Station, Texas, esta vez no por cuestiones periodísticas sino estrictamente personales. Sin embargo, creí que sería muy bueno compartirte esta experiencia, que sin duda fue la que más me gustó durante mi año. De hecho, si tienes la oportunidad te invito a que veas algunas fotografías que hice durante mi viaje.